Fotografía cortesía de Beatriz López Como a eso de las seis de la tarde, cuando los oficinistas salían de sus trabajos y afloraba el complejo de culpa que experimenta todo padre de familia por estar lejos de sus vástagos, los globeros proveían una aspirina para sus conciencias con su mercancía, que no obstante su bajo costo, provocaba gran emoción en sus pequeños hijos.Desde mediados del siglo XX, cuando la industria de los plásticos comenzó su auge y los globos comenzaron a ser un producto común en las fiestas y celebraciones, los globeros encontraron buen mercado en la venta callejera, apoderándose "visualmente" de las esquinas y grandes avenidas, con sus redondas mercancías que subían y bajaban poéticamente, como una burbuja de sueños arrullada por el smog citadino.
Desde 25 hasta 50 centavos costaban los globos de fantasía, de esos que al ser inflados, asemejaban un gran dirigible, o bien a la tía Lencha (quien no se distinguía por su núbil figura) después de una taquiza.
Precursores de la venta a automovilistas en semáforos, los globeros con más colmillo se hacían acompañar de algún chalán, por lo general su hijo adolescente, y al momento en que los automotores se detenían, comenzaban a juguetear con el colorido objeto por toda la avenida, logrando con ello rápidas ventas.
Al igual que las canicas, nuestros compatriotas tuvieron siempre un talento natural para la fabricación de globos (de hecho en la actualidad México es el primer productor a nivel mundial de ambos productos). Muchos globeros compraban sus dotaciones de mercancía en los mercados de abasto popular a donde llegaban las cajas de las fábricas de provincia, principalmente del estado de Jalisco.
En una crónica aparecida en 1947, titulada "¿Cómo vivir del aire?", se mencionaban los buenos dividendos que obtenían algunos globeros al invertir en su negocio unos cuantos pesos, mismos que podían duplicar o triplicar en tan sólo una semana, al ofrecer sus productos en las plazas o afuera de las escuelas.
Antes de que los globos inflados con gas llegaran a apoderarse del mercado, los viejos globeros ponían a prueba los pulmones para inflar su mercancía al gusto del cliente. En ocasiones, no faltaba el grupo de primitos que en algún jardín público pedían a gritos su redondo juguete y el marchante tenía que inflar hasta cuatro o cinco de un jalón.
Con el tiempo, las tiendas de barrio comenzaron a vender bolsitas de papel con una docena de globos para las fiestas. Aquello se convirtió en el tiro de gracia para el negocio de los globeros de aire; sin embargo, hacía ya tiempo que la mayoría había optado por apostar por los globos voladores de gas, mismos que acapararon permanentemente la atención tanto de infantes como de aquellos adultos, cuya capacidad de asombro no había cambiado ni con el viejazo.
En las vecindades o en los barrios humildes nunca faltaba el vecino globero, quien se despertaba a la hora que cantaba el gallo para inflar sus "hules" en el tanque de helio. Luego, cual poético personaje que al igual que los magos lucraba con las ilusiones, recorría las callejuelas en la penumbra mañanera, rumbo a la plaza o parque donde ya era una figura familiar.
El lector Roberto Jacinto Calderón nos escribió una conmovedora carta donde narra su niñez al lado de su tío Ramiro, globero durante más de 40 años, quien comenzó su negocio en las ferias que solían instalarse en los predios vacíos de avenida Reforma en los años 20, para luego adoptar por casi dos décadas a la Alameda y al zócalo como su centro de operaciones.
Nuestro lector aprendió todos los secretos del buen globero durante los años que acompañó a su tutor. Hay varias reglas vitales, como la de aprender a inflar los globos con el suficiente gas para que duren un par de días, pero sin exagerar, para que los rayos del sol no calienten y rompan el delgado plástico. El globero debe sostener al ramillete de globos como si fueran una extensión de su cuerpo, y por ello los más expertos pueden transitar sin problemas por las estrechas aceras y entre los árboles de los parques, cual si trajeran una pequeña sombrilla.
En sus años de aprendiz, don Roberto tuvo muchos accidentes, entre ellos el más penado por el gremio que es soltar por accidente una pieza, antaño a esto se le llamaba "regalar un tostón al cielo", lo cual podía traer buena suerte si el globero se persignaba al instante. Sin embargo, con la práctica, nuestro lector se hizo experto y recuerda la primera vez que su tío le confió las cuerdas de los globos. Tenía sólo siete años, pero confiesa que sintió como si tuviera al universo entero bajo su responsabilidad. no hay globero que no sea creyente, afirma don Roberto, después de todo, una vez que le entran al negocio, se la pasan mirando hacia arriba durante el resto de su vida.
homerobazan_df@hotmail.com
Articulo publicado en el Diario El Universal el día 12 de Marzo del 2006
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